Empiezo por una tontería, aunque ni siquiera es tan tontería porque también entra en cómo uno percibe a la gente. Había una creadora de contenido —TikTok, YouTube, no sé— y una de las primeras cosas que noté fue algo físico: tiene pechos grandes. Ya. No necesito fingir que no. Lo digo porque luego uno quiere narrarse como si todo empezara en lo intelectual, y no. A veces empieza en lo visual, en lo banal, y luego se mueve.
Y en este caso se movió.
Porque después de esa primera atención, lo que me sostuvo mirando fue otra cosa: tenía capacidad de hilar lo que quería decir. No porque fuera la persona más inteligente del mundo, sino porque construía una línea. Decía algo, lo respaldaba, lo conectaba, lo cerraba. Había forma. Había ritmo. Y eso me gusta. Incluso cuando me incomoda.
Porque ahí empieza el problema. Me gusta, pero me incomoda. No tanto lo que dice, sino cómo lo dice. O más preciso: me incomoda que no dude. O que no se le vea la duda. Que no haya resquicio.
Y aquí tengo que cuidar no exagerar. No estoy diciendo que toda certeza sea falsa ni que dudar sea superior. Tampoco que haya que hablar con miedo. La verdad existe, o al menos tengo que asumirlo, porque si no todo se vuelve un pantano donde nada importa. Pero también creo que la mayoría de las cosas con las que convivimos no están resueltas así. No son accesibles de manera total.
Entonces el problema no es interpretar ni tener teorías. Es el salto: de “yo leo esto así” a “esto es así”. De tomar fragmentos —datos, estudios, experiencias— y convertirlos en verdad con modales de última palabra.
Mi pregunta no es “¿y si estás equivocada?”. Podríamos estarlo todos. Es más simple: ¿por qué no aparece la posibilidad? ¿Por qué no se reconoce el borde?
Y también tengo que corregirme: no sé si dudan. No los conozco. Lo único que puedo decir es que construyen una imagen donde la duda no existe. Y eso organiza mi relación con lo que dicen.
Ahora, esto no es sobre toda duda. La acción no funciona así. Nadie quiere que un cirujano dude en medio de una operación. La acción requiere cierre. Pero no hablo de eso. Hablo de la interpretación elevada a verdad sin mostrar el resto del mapa. Ese momento donde alguien pasa de describir algo a explicarlo todo: el hombre es así, la mujer es así, la sociedad es así.
Y ahí aparece algo que me importa: la localidad. Uno vive en una localidad —no solo geográfica, también mental, social, algorítmica— y desde ahí arma teoría. Eso está bien. El problema es olvidar que la teoría está hecha con recortes.
Por ejemplo: “biológicamente el hombre produce más testosterona, entonces debe ser más fuerte, entonces si no cargas más peso no eres un hombre completo”. Se entiende de dónde viene: hay datos, hay promedios. Pero también se ve el salto. Una tendencia se vuelve norma y luego medida moral. El promedio deja de describir y empieza a golpear.
Y ahí vuelve la pregunta: ¿por qué no aceptar que la interpretación no agota el fenómeno?
Por eso me interesa precisar qué duda defiendo. No es la duda vacía ni la pose de ambigüedad. Es una duda que aparece porque hay demasiados elementos para cerrar fácil. No es falta de opinión, es exceso de posibilidades. Saber lo suficiente como para no simplificar.
Quizá por eso me incomoda tanto la certeza rápida. A veces no se siente como conocimiento, sino como una forma de ignorancia funcional. Explica lo suficiente como para dejar de preguntar.
Y tampoco quiero fingir que estoy fuera de eso. A mí me formaron para responder. Ser útil era tener respuestas. Y eso te acostumbra a algo: tu valor se vuelve disponibilidad de certeza.
Yo ya fui ese. El que respondía, el que cerraba. Y sé el precio. La gente no solo escucha: empieza a depender de esa firmeza. Espera coherencia, continuidad, seguridad. Y entonces ya no solo cargas con lo que dices, sino con quienes lo adoptan. A mí eso me pesa. No quiero ser responsable de más gente que yo mismo. Y una forma de evitarlo es no dar certezas que no tengo.
Por eso “no sé” se volvió importante. No es poca cosa. Rompe la expectativa de tener que cerrar todo. También es honestidad.
Claro que tiene costo. Desde fuera, el que duda parece débil o evasivo. Y a veces lo es. La duda también puede ser refugio. No soy ingenuo: probablemente a veces me protege. Pero incluso así, hay diferencia entre usarla para no decir nada y usarla para no fingir una totalidad.
Además, la certeza no solo organiza a quien habla; organiza a quien escucha. Y ahí sospecho algo: mucha gente no quiere cargar con la responsabilidad completa de pensar por su cuenta. Pensar pesa. Elegir pesa. Entonces es más fácil adoptar una certeza ajena. No porque sean idiotas, sino porque es funcional.
“Yo no lo pensé, él lo dijo.”
Y eso no siempre es consciente. Pero funciona. La certeza externa simplifica no solo el mundo, también la carga de habitar una opinión.
Si además viene con forma, carisma, estudios, estética, seguridad, mejor. Más fácil de adoptar.
Y aquí entran las redes. No son neutras. Premian lo que cierra bien, lo que recorta, lo que se defiende. La duda visible no circula igual. Es menos espectacular. La certeza, en cambio, se vuelve clip, identidad, postura.
Y eso no destruye el diálogo, pero lo cambia. La certeza obliga a discutir o alinearse. La duda, cuando es honesta, abre otra relación: “veo esto, pienso esto, no estoy seguro de cerrarlo”. No es más correcta, pero sí menos totalizante.
También está la exigencia constante de tomar postura. Sobre todo sobre cosas donde tu contacto real es mínimo. Y ahí me pregunto: postura sobre qué, exactamente. En mi localidad, mi postura principal es trabajar para comer. Lo demás, muchas veces, es más identitario que cognitivo.
Porque la certeza también sirve para pertenecer. Te da bando. Te ubica. Evita ese espacio incómodo de no encajar del todo en ninguna narrativa.
Y justo por eso me incomoda cuando alguien habla de fenómenos enormes como si los poseyera. No sé si describe el mundo o fabrica un lugar habitable dentro de él.
Y aquí aparece una trampa: todo esto que digo también podría ser otra forma de certeza. También está hecho desde mis recortes, mis experiencias, mi rechazo a ese rol de “el que sabe”. No me excluyo. Mi lectura también compite con otras.
Por eso no quiero cerrar esto como crítica total. No es “esto está mal”. Es otra cosa: me genera conflicto. Me genera conflicto ver discursos tan firmes sobre material tan fragmentario. Me genera conflicto entender por qué funcionan. Y me genera conflicto reconocer que también me atraen.
Porque sí, hay algo hipnótico en la gente que habla como si supiera. Algo cómodo en que otro cierre por ti.
Quizá por eso me importa tanto. Porque no hablo solo de ellos. Hablo de una tentación: cerrar demasiado pronto. Volverse autoridad. Tener personaje. Decir la última palabra.
Y entonces regreso al inicio. A esa creadora. A esa mezcla de interés, admiración y fastidio. Y a la pregunta que no desaparece:
¿por qué no dudas?
O más preciso: ¿por qué no la muestras?
No sé si el problema es de ella, del medio o mío.
Pero sí sé esto: hay algo raro cuando se universaliza desde la localidad sin nombrarla. Cuando la interpretación se viste de verdad final. Y, al menos para mí, hay una honestidad más respirable en decir “no sé” que en jugar a la última palabra.
No porque la duda resuelva algo.
Simplemente porque deja espacio.
Y a veces eso basta.