No tengo problema en admitirlo: una parte importante de la vida política —y quizá de toda vida colectiva que supera cierto tamaño— consiste en encontrar maneras de ensuciarse sin tener que reconocerse del todo sucia. No lo digo como condena total ni como defensa cínica. Lo digo porque cada vez me convence más la sospecha de que una sociedad compleja no puede sostenerse únicamente sobre su autoimagen moral. Necesita también mecanismos para decidir cuando no hay salida limpia. Y en ese punto aparece algo que me interesa más que la pureza: la responsabilidad efectiva. No como palabra bonita, sino como el hecho concreto de que alguien tiene que cargar con una decisión cuyos costos no desaparecen por decir cosas correctas sobre ella.
El caso de los hipopótamos en Colombia me sigue pareciendo útil por eso. No por exótico, sino porque obliga a ver un conflicto sin demasiadas protecciones retóricas. Hay una población invasora de animales que no eligieron estar ahí ni alterar un ecosistema. La defensa intuitiva es inmediata: no es éticamente correcto matarlos porque no tienen culpa. Suena bien. Tiene coherencia. Uno quisiera quedarse ahí.
Pero quedarse ahí no resuelve nada. El ecosistema afectado tampoco tiene culpa. Las especies desplazadas tampoco. Las personas que viven con el riesgo tampoco. No hay oposición entre inocencia y culpa, sino una colisión entre inocencias y consecuencias. Y ahí la inocencia deja de ser solución: nombra un límite moral, pero no decide.
Lo que aparece entonces es algo más incómodo: la falsa inocencia. No la del hipopótamo, sino la nuestra. La de una sociedad que quiere hablar como si existieran posiciones morales que preservan intacta la limpieza de quien las enuncia. Como si uno pudiera decir “yo no participo de esta violencia” mientras sigue beneficiándose del orden que depende de que alguien sí decida. La inacción no conserva pureza. También distribuye daño, solo que fuera del campo visual de quien quiere seguir sintiéndose correcto.
Esto no significa que todo se justifique. El “bien mayor” es manipulable —lo usan gobiernos, partidos, empresas y personas— y por eso no basta. Pero fingir que las sociedades no operan sacrificando algo en nombre de otra cosa tampoco sirve. En la práctica, así funcionan. A veces con razón, a veces de manera monstruosa. Negarlo no elimina esa lógica; solo la vuelve menos visible.
Aquí conviene distinguir: no toda culpa es la misma. Hay culpa moral, responsabilidad política y responsabilidad operativa. No son equivalentes. Alguien puede tomar una decisión políticamente necesaria sin ser moralmente culpable en sentido simple, pero aun así cargar con sus efectos. Cuando digo que alguien debe cargar con la culpa, muchas veces hablo de responsabilidad política: asumir que el acto te corresponde y que sus consecuencias recaerán sobre tu legitimidad.
El problema es que las sociedades grandes tienen dificultades para sostener esas cargas de manera distribuida sin deformarse. Y eso me lleva a una figura que llamo rex, no como nostalgia del poder antiguo, sino como imagen funcional. La democracia moderna no elimina la necesidad de una instancia que concentre decisiones difíciles. La regula, la limita, la somete a crítica. Pero no la elimina.
Ese rex democrático —presidente, gobierno, mayoría— ocupa el lugar donde la sociedad deposita la expectativa de que alguien haga lo que la colectividad no puede hacer sin romperse. No solo administrar lo cotidiano, sino cargar con lo conflictivo. Si no, la política se vuelve un concurso para gestionar solo lo agradable.
La objeción más fuerte es evidente: insistir en lo horizontal, en la deliberación, en la descentralización. Y es válida. Pero más allá de cierto umbral, no elimina el problema; lo fragmenta. La decisión no desaparece: se multiplica en nodos menos visibles, en jefaturas informales, en centros de poder opaco. Entonces el conflicto no se resuelve: se vuelve menos legible.
Por eso la centralización puede ser un mal menor. No porque sea buena, sino porque concentra el conflicto en una sede visible, sometida —al menos en principio— a crítica y límites. Alguien tiene que estar ahí para que no haya veinte versiones peores actuando al mismo tiempo y sin nombre.
El ejemplo de la policía sirve como interfaz conceptual. No para absolverla, sino para entender su posición: opera entre el orden civil y aquello que lo desborda, y para hacerlo necesita cierta compatibilidad con lo que contiene. No puede actuar desde una inocencia total. Con el gobernante pasa algo parecido. Funciona como interfaz entre la moral que la sociedad se cuenta y la realidad donde hay que administrar daño, tiempo, pérdida.
El problema es que no hay una línea clara entre funcionalidad e infección. No se puede saber del todo en el presente. Lo único que tenemos son mecanismos de contención: leyes, contrapesos, crítica pública, memoria. No resuelven el problema. Lo administran.
Y probablemente eso sea lo máximo a lo que podemos aspirar. Porque la evaluación completa de una decisión llega después. En el presente se decide con información incompleta, con intereses mezclados, con presión y urgencia. Luego el futuro ordena el juicio. Por eso los criterios completamente limpios son más aspiración que herramienta.
La ética, en este marco, no decide: negocia. Permite fricción, limita arbitrariedades, articula objeciones. Pero no purifica la decisión. Las morales son históricas, situadas, contradictorias. No hay una ética única disponible para todos. Hay tradiciones, sensibilidades y límites provisionales que entran en tensión.
Esto importa porque el riesgo del modelo es claro: que el rex use su posición como licencia. Que convierta la necesidad de decidir en impunidad. Ese es su fracaso. No solo cuando decide mal, sino cuando captura la estructura que lo limita, cuando absorbe beneficios y externaliza costos, cuando deja de verse como interfaz y se asume como dueño.
Aquí la responsabilidad política es clave. Gobernar no es solo administrar aciertos, sino absorber fracasos presentes. Si no, no se quiere gobernar: se quiere el prestigio del poder sin su costo.
Y ese costo no es abstracto. El poder también deforma a quien lo ejerce. Lo desgasta, lo vuelve más cínico, más defensivo. No es excusa, pero sí parte del problema. Por eso importan la rotación, los límites, la exposición pública: no eliminan la suciedad, pero dificultan que se vuelva identidad.
Ahora bien: efectividad no es legitimidad. Una decisión puede funcionar y seguir siendo moralmente repulsiva. Pero tampoco se puede pensar la política sin eficacia. Si se elimina, queda una moral sin mundo. Si se absolutiza, queda una eficacia sin límite. Entre ambas cosas está el espacio del derecho, la crítica y el juicio.
Y aun así, una vez dentro de conflictos donde no decidir ya distribuye daño real, la suspensión indefinida en nombre de la inocencia se vuelve una forma de evasión. La no decisión no es neutralidad: es delegación encubierta del daño.
Aquí el dilema se vuelve nítido: o asumimos colectivamente que toda acción produce perjuicios reales, o necesitamos una instancia que concentre esa carga. No veo cómo eliminar por completo al rex. Si no está centralizado, aparece fragmentado. Si no se reconoce, se disfraza.
La democracia, entonces, no abole esa estructura. La domestica. No elimina la culpa; la canaliza. No produce pureza; administra impureza.
Y eso no es satisfactorio. Pero es más honesto que seguir hablando como si la vida colectiva a gran escala pudiera sostenerse sobre manos limpias.
La diferencia importante no es entre pureza y suciedad, sino entre una decisión que asume su costo y una captura del poder que lo niega.
Porque esa diferencia existe.
Y no siempre es visible en el momento en que ocurre.