Hay algo que me pasa con algunos de mis ensayos: se leen como si fueran fatalistas. Como si yo estuviera diciendo que ya vi venir una degradación más o menos inevitable, que el futuro trae menos reemplazos, menos altura, menos claridad, menos gente capaz en posiciones de peso, y que todo lo demás fuera simplemente una manera elegante de bordear esa intuición. Pero no. O, mejor dicho, no exactamente. Porque una cosa es detectar una tensión y otra muy distinta convertir esa tensión en destino. Una cosa es decir “aquí hay un problema” y otra decir “el problema ya decidió el desenlace”. La diferencia parece pequeña, pero para mí es importante. Y creo que una parte del malentendido viene de ahí. Se toma una fragilidad posible, una transformación difícil de leer, un cambio todavía mal entendido, y se lo convierte en profecía. Curiosamente, es el mismo mecanismo que aparece una y otra vez cuando se habla de generaciones. La historia es conocida. Los jóvenes ya no leen. Los jóvenes ya no piensan. Los jóvenes ya no trabajan. Los jóvenes ya no entienden. Los jóvenes ya no son capaces de lo que antes sí era posible. Cambia el objeto de la acusación, pero la estructura permanece. Antes fueron los modales. Después la disciplina. Luego la televisión. Luego internet. Luego el teléfono. Luego la atención. Luego la inteligencia. Siempre hay algún rasgo que aparece como prueba definitiva de que ahora sí empezó el descenso serio. Y, sin embargo, el descenso total nunca termina de cumplir la grandilocuencia de su promesa. Eso no significa que todo esté bien. Significa algo más simple: cuando un diagnóstico aparece con tanta regularidad, deja de ser suficiente preguntarse si es correcto. También hay que preguntarse por qué reaparece tanto. Porque tal vez el fenómeno interesante no sea la supuesta decadencia de los jóvenes. Tal vez el fenómeno interesante sea nuestra necesidad recurrente de encontrarla. Aquí suele aparecer una respuesta tranquilizadora que tampoco me convence demasiado: cada generación es distinta, nadie es mejor ni peor, todos tienen sus fortalezas. No me interesa mucho ese camino. No porque sea falso, sino porque evita el problema. La cuestión no es que nadie pueda evaluar nada. La cuestión es con qué criterios creemos estar evaluando. Porque apenas uno rasca un poco, la comparación empieza a desarmarse. Antes la gente sabía hacer cosas que hoy mucha gente no sabe hacer. Eso es verdad. Pero también hoy mucha gente sabe hacer cosas que antes ni siquiera existían como necesidad. Entonces, ¿qué estamos comparando exactamente? ¿Resistencia física? ¿Memoria? ¿Capacidad técnica? ¿Disciplina? ¿Adaptación burocrática? ¿Capacidad de operar sistemas complejos? ¿Comprensión tecnológica? ¿Autonomía material? ¿Velocidad de aprendizaje? ¿Qué cuenta como inteligencia y por qué justamente eso habría de contar más? El problema es que no existe un criterio universal que resuelva la comparación de forma limpia. Existen criterios situados. Contextuales. Parciales. Interesados. Y no pasa nada. Toda evaluación humana funciona así. Lo que sí me parece problemático es olvidar que funcionan así. Porque entonces ocurre algo muy común: tomamos una capacidad específica, la convertimos en vara universal y después usamos esa vara para declarar que una generación entera vale más o menos que otra. Eso se ve incluso en discusiones sobre inteligencia. Cada cierto tiempo reaparecen estudios, titulares o estadísticas que prometen zanjar el asunto. Ahora sí, parece, ya tenemos la prueba definitiva de que las nuevas generaciones son más tontas. Pero incluso si aceptáramos que alguna capacidad puntual estuviera disminuyendo, seguiría faltando una pregunta enorme: ¿qué significa esa disminución dentro de un entorno completamente distinto? La inteligencia nunca fue una sustancia única almacenada en algún lugar del cerebro colectivo. Lo que solemos llamar inteligencia es una mezcla enorme de capacidades que distintos contextos vuelven más o menos importantes. Y aquí aparece una idea que me parece mucho más útil que la nostalgia o el optimismo automático: la inteligencia no desaparece tan fácilmente; se redistribuye. Cada entorno vuelve centrales ciertas capacidades y vuelve periféricas otras. Después confundimos esa centralidad contextual con superioridad esencial. El problema es que una vez que hacemos eso, la decadencia se vuelve inevitable por definición. Si yo llamo inteligencia verdadera a aquello que mi entorno me obligó a aprender, entonces cualquiera que haya sido formado bajo otras exigencias aparecerá automáticamente como menos capaz. No porque lo sea. Sino porque ya elegí el criterio antes de empezar a mirar. Aquí me sirve una digresión que en realidad no es una digresión. Yo me asumo pagano. No lo digo como excentricidad ni como etiqueta estética. Lo digo porque sospecho que buena parte del pensamiento occidental sigue operando sobre dos presupuestos cristianos incluso cuando afirma haberlos abandonado. El primero es que todos los individuos son iguales en un sentido fuerte. El segundo es que la historia, de una forma u otra, tiende hacia lo mejor. Puede cambiar el vocabulario. Puede hablar de progreso, desarrollo, derechos o modernización. La estructura suele permanecer. Y a mí esa estructura me convence poco. No creo que exista una flecha moral garantizada dentro de la historia. Existen mejoras concretas, por supuesto. Medicina. Infraestructura. Conocimiento. Organización. Sería absurdo negarlo. Pero una mejora no demuestra una ley. Demuestra que ciertos esfuerzos produjeron ciertos resultados. Nada más. Y si uno deja de creer en una decadencia inevitable y también deja de creer en un progreso inevitable, entonces la discusión cambia bastante. Ya no se trata de decidir si una generación es superior o inferior. Se trata de entender a qué problemas se está adaptando. Porque las sociedades complejas hacen algo muy particular: intercambian autonomía por especialización. No todos saben fabricar vacunas. No todos saben diseñar microprocesadores. No todos saben construir redes eléctricas. Y eso no significa que la población se haya vuelto más estúpida. Significa que ciertas capacidades se concentran mientras otras se distribuyen. El problema no es la dependencia en sí misma. Ninguna civilización compleja funciona sin dependencia. El problema aparece cuando confundimos especialización con degradación. Lo mismo ocurre con la tecnología. Las primeras generaciones de computación tuvieron contacto directo con capas del sistema que hoy permanecen ocultas para la mayoría. Había más fricción. Más necesidad de construir. Más necesidad de comprender la maquinaria. Eso produjo competencias reales. Pero quien llega después no llega a un desierto técnico que tenga que fundar desde cero. Llega a un entorno estabilizado. Opera de otra manera. Puede comprender menos la base y más la coordinación de sistemas complejos. Puede reparar menos y navegar más. Puede perder ciertas capacidades y desarrollar otras. La pérdida existe. Lo que no existe es el derecho automático a convertir esa pérdida en una sentencia total. Algo parecido ocurre entre el campo y la ciudad. La vida urbana elimina contacto directo con muchas materialidades básicas. Mucha gente no cultiva, no conserva alimentos, no repara herramientas, no entiende ciclos agrícolas. Eso es una pérdida real. Pero de ahí no se sigue que sea más tonta. Solo se sigue que está adaptada a otro entorno. Lo mismo vale en dirección contraria. Cada medio produce competencias. Después el observador toma las que mejor conoce y las rebautiza como inteligencia verdadera. Y creo que aquí aparece el núcleo emocional del problema. Porque la narrativa de decadencia no habla solamente de quienes son juzgados. También habla de quienes juzgan. El ejemplo más claro sigue siendo el profesor. Un estudiante nuevo llega con las limitaciones normales de quien recién empieza. Pero el profesor no está quieto. Ya enseñó el tema muchas veces. Ya afiló sus explicaciones. Ya vio errores repetidos. Ya olvidó cuánto le costó aprender ciertas cosas. Entonces la distancia entre ambos crece. Y esa distancia puede sentirse como deterioro del estudiante cuando también es crecimiento del profesor. Lo mismo ocurre con la experiencia en general. Hay saberes que dejan de sentirse como saberes. Se vuelven transparentes. Se vuelven sentido común. Y cuando eso ocurre resulta muy fácil concluir que los recién llegados son absurdamente incompetentes. No porque realmente lo sean. Sino porque hemos olvidado el espesor de nuestro propio aprendizaje. A eso se suma otra cosa: la memoria selectiva. Cuando idealizamos el pasado no recordamos el pasado entero. Recordamos la versión del pasado que valida nuestro juicio presente. Recordamos la disciplina y olvidamos el miedo. Recordamos la comunidad y olvidamos la asfixia. Recordamos la destreza y olvidamos la escasez que la volvió necesaria. Recordamos el aprendizaje profundo y olvidamos la fricción inútil que consumía tiempo en tareas que hoy simplemente dejaron de ser relevantes. La nostalgia suele venir editada. Y una vez editada se convierte en una fábrica bastante eficiente de decadencia ajena. Por eso, si tuviera que resumir el argumento de la manera más seca posible, diría esto: No existe evidencia suficiente para sostener una decadencia generacional total. Lo que existe es una mezcla de pérdidas reales, redistribuciones de capacidad, especialización creciente, diferencias de contexto, asimetrías de experiencia y memoria selectiva. Todo eso junto produce la apariencia de que los nuevos son peores. Y esa apariencia contiene suficientes verdades parciales como para resultar convincente. Porque sí, algunas cosas se pierden. Sí, ciertas competencias se adelgazan. Sí, algunas dependencias generan fragilidad. Sí, no toda novedad mejora aquello que reemplaza. Pero nada de eso obliga a concluir que una generación entera se volvió inferior. Solo obliga a pensar con más cuidado. Y aquí vuelvo al principio. Porque el fatalismo comparte con la narrativa de decadencia una misma estructura mental. Ambos toman una tensión real y la convierten en destino. Ambos transforman incertidumbre en certeza. Ambos confunden diagnóstico con profecía. Yo no quiero hacer eso. O al menos no cuando el ensayo sale bien. Me interesa más desarmar una incomodidad que resolverla demasiado rápido. Ver qué parte es pérdida real. Qué parte es adaptación. Qué parte es cambio técnico. Qué parte es herida narcisista del observador. Qué parte es transformación de los criterios con los que estamos mirando. Porque quizá el error más persistente no sea creer que todo va mal. Ni creer que todo va bien. Quizá el error más persistente sea creer que seguimos disponiendo del mismo criterio para medir mundos que ya cambiaron. Y cuando ese criterio deja de encajar, aparece una tentación muy humana. Llamar estupidez a la diferencia. No porque toda diferencia sea valiosa. No porque toda novedad merezca celebración. Sino porque aceptar que el mundo ya no premia exactamente lo que aprendimos a hacer bien suele ser más difícil que declarar que los demás dejaron de entender. Eso conserva nuestra centralidad un poco más. Pero no describe mejor la realidad. Solo la vuelve más cómoda para quien todavía mira desde un centro que ya empezó a moverse.