Hay una idea que me ha venido persiguiendo desde hace tiempo: perdí oportunidades por obedecer una regla social. No una ley, no una orden explícita, sino una de esas reglas que nadie formula del todo pero que todo mundo actúa como si fueran obvias. En mi caso era simple: como hombre cis hetero, una parte importante de mi valor social pasaba por poder gustar, conquistar, tener pareja.
Dicho así suena burdo, pero muchas reglas sociales funcionan precisamente porque son burdas y normales al mismo tiempo. No me lo enseñaron de frente; se instaló en cosas pequeñas: bromas, comentarios, lecturas anticipadas. “¿Ya tienes novia?” “Mira nomás.” “Ya anda de novio.” No eran graves por sí mismas, pero educaban la atención. Decían, sin decirlo, qué importaba.
Más que juzgar esos comentarios, me interesa qué dejaron: la idea de que la posibilidad de pareja era una categoría disponible incluso para leer a un niño. Y en mi caso había otra capa: en algún momento se pensó que quizá yo era gay, y cuando tuve novia eso se celebró. No era solo “tener pareja”, era encajar en una legibilidad. Como si algo quedara confirmado.
Ahora, algo importante: yo no viví esto como opresión. Me gustó cumplir. Me gustó que se sintieran orgullosos. Yo también quise esa validación. No fui solo producto del sistema; fui también agente suyo.
Además, el sistema funcionaba. No hablo desde la exclusión. Tenía cierta viabilidad: había posibilidades que sí se concretaban. Eso es clave, porque entonces no era desesperación, era más bien una lectura del mundo: esto es lo que se hace.
Y lo que “se hace” no era exactamente deseo puro ni imposición externa. Era un guion. Un guion bastante habitable: aparece una posibilidad, se activa la idea de que debe convertirse en algo, entra el repertorio de conquista, se logra o no, y si se logra, llega la validación. El problema es que muchas veces, después de la validación, no había mucho más.
Esa fue una experiencia decisiva: la victoria se sentía vacía. No siempre, no de forma dramática, pero sí lo suficiente. “Muy bien, lo logré, ¿y ahora qué?” Yo estaba orientado a la obtención. A que pasara algo. Pero una vez que pasaba, lo que seguía era la cotidianidad, y ahí el guion ya no servía.
Con el tiempo entendí dos cosas. La primera: muchas veces no me interesaba tanto la persona como creía, sino una proyección sobre ella. La atracción física cargaba con un valor simbólico inflado. Y cuando la relación entraba en lo cotidiano, esa proyección se caía.
La segunda: tampoco sabía habitar la cotidianidad. La conquista tiene escenas, pasos, temporalidad. La cotidianidad no. Simplemente ocurre. Y mucha de la intensidad en relaciones es, en el fondo, una incapacidad de sostener esa calma.
Yo sabía conquistar mejor de lo que sabía construir.
Pero tampoco todo era falso. El sistema tenía placeres reales: adrenalina, juego, cierta creatividad, incluso una forma de inteligencia práctica. Funcionaba lo suficiente como para reforzarse. Y probablemente por eso costaba tanto soltarlo: no era solo un mandato, también era un espacio donde una parte de mí se sentía eficaz.
El problema es que esa eficacia tenía costos. Mucha energía mental, atención y estrategia se iban ahí. Y esa misma intensidad no se iba a otras cosas: amistades, proyectos, exploración personal. Me entrené para convertir posibilidades en logros, no para habitar relaciones en su complejidad.
En algún momento incluso estudié el sistema. Lecturas, teorías, estrategias. Distintos lenguajes, mismo fondo: no buscas certeza, buscas probabilidad. Iteración, performance, optimización. Y otra vez: persistía porque funcionaba.
Yo también comparaba. También calculaba. Sabía con quién intentar y con quién no, no solo por probabilidad sino por costo. Había conquistas posibles cuyo mantenimiento implicaba un segundo trabajo: competir, sostener estatus, administrar celos. Y no todo éxito vale el costo que exige.
Aquí entra una autocrítica más directa: sí, hubo momentos en que usé a personas. No siempre de forma cínica, pero sí como escenarios de validación o proyección. El sistema explica bastante; no absuelve todo. A veces el otro aparecía primero como posibilidad y solo después, quizá, como persona. Y en muchos casos ni siquiera se llegaba a eso.
Lo más relevante no fueron solo las relaciones que salieron mal, sino lo que no ocurrió. Ahí aparece con más fuerza la pérdida: amistades que nunca se construyeron. En cuanto detectaba una posibilidad, la relación entraba en ese marco. Ya no podía organizarse de otra forma.
Eso enturbia. Aunque no haya engaño prolongado, sí hay una orientación que contamina. Se pierde la posibilidad de una lectura abierta. Y entiendo por qué del otro lado eso puede sentirse como decepción.
A veces veo dónde están hoy algunas de esas personas y pienso: hubiera estado muy bien sostener esa amistad. No como ideal abstracto, sino como pérdida concreta.
Pero incluso eso se queda corto. También perdí versiones posibles de mí mismo. No una esencia oculta, sino algo más simple: uno se vuelve aquello a lo que dedica atención. Y yo dediqué mucha atención a ese sistema. Otras formas de ser crecieron menos.
Esto también afecta algo más amplio. Demasiadas interacciones entran rápido en la lógica de conquista, deseo o sospecha. Y eso adelgaza el espacio de la sociabilidad no instrumental. La posibilidad de conocer a alguien sin tener que decidir de inmediato qué significa.
Esto se volvió más claro en la adultez. Entender que el deseo tiene espacios propios me permitió separar: una cosa es lo físico, otra lo emocional, otra la amistad. No todo vínculo necesita justificarse en una culminación.
Una cena puede ser solo una cena. Y eso no es un fracaso.
Pero el sistema no vive solo dentro de uno. También está afuera. Hay relaciones que se enfrían cuando cierto horizonte queda descartado. Hay una idea rara de que, si ya tienes pareja, ¿para qué conocer gente? Como si la sociabilidad fuera solo una antesala del romance.
No estoy fuera del sistema ni creo haberlo superado. Pero lo veo mejor y ya no quiero obedecerlo igual. Y sí, eso te vuelve un poco raro. Hay espacios donde deja de haber encaje. No es dramático, pero existe.
Tampoco quiero convertir esto en condena total. Hay contextos donde el juego funciona, donde puede vivirse con ligereza. No todo tiene que leerse como error.
Mi punto es más simple: en mi caso, obedecer esa regla tuvo un costo. Me dio validación, intensidad, cierta eficacia. Pero también dejó vacíos, relaciones construidas sobre proyecciones, dificultades para habitar la calma, amistades no desarrolladas, energía desviada.
Y quizá lo central no es que la regla fuera incorrecta, sino que tenía un precio que yo no veía.
Ese precio no invalida todo lo vivido ni convierte el pasado en error puro. Pero sí obliga a reconocer algo: hay formas de vida que no crecen cuando demasiada energía está capturada por la lógica de la conquista.
Más que decir que perdí oportunidades, hoy lo diría distinto: durante mucho tiempo solo pude reconocer como oportunidad aquello que cabía dentro de ese guion. Todo lo demás —amistad, comunidad, formas más abiertas de vínculo, incluso ciertas versiones de mí— ni siquiera aparecía como posibilidad.
Y eso es lo que realmente se pierde cuando una regla social se vuelve invisible: no solo decisiones, sino el campo mismo de lo que uno puede imaginar como vida.