Hay algo raro en mi relación con el esoterismo. No es que haya pasado por ahí —eso le pasa a mucha gente— sino que nunca lo pude dejar del todo. No es una exnovia ideológica que uno supera y bloquea. Tampoco es una fe secreta. Es más incómodo: una cercanía vigilada. Algo que considero falso, pero no irrelevante.
Sería más fácil tener un dictamen claro. O fue profundo o fue una tontería. O me marcó o me dio igual. Pero no. Está en medio. Y no me interesa fingir que no.
Vengo de un entorno donde lo invisible contaba. No solo religión, sino una forma de leer el mundo: designio, signos, protección, castigo. La realidad no estaba cerrada. Se respiraba eso. Entonces no llego al esoterismo como curiosidad estética. Ya venía preparado.
En la adolescencia eso encuentra terreno fértil: uno quiere una gramática del mundo, una llave. Y yo no me quedé en lo decorativo. Hubo práctica, hubo formación, hubo involucramiento real. Leía cartas.
Ahí aparece una tensión que todavía me importa: no era creencia o herramienta. Era ambas. O más bien, un mismo eje donde la herramienta funcionaba porque había creencia y la creencia se reforzaba porque la herramienta parecía funcionar. No puedo decir que sabía que era falso ni que estaba completamente entregado. Era una zona mixta. Y creo que así opera muchas veces: no como engaño puro, sino como un sistema donde ciertas cosas cuentan como evidencia.
Mi hermana enfermó de cáncer cuando yo era niño y vivió más de lo que el diagnóstico indicaba. Hoy puedo explicarlo de otra manera. En ese momento era otra cosa: era prueba. Era señal de que lo invisible operaba. Sería muy cómodo decir ahora que todo eso era ignorancia. No lo era. En ese contexto, funcionaba como evidencia.
Más adelante entendí algo distinto: no es tanto el suceso, sino la interpretación. Uno encuentra la moneda. Pero lo importante es lo que hace con eso. “Entonces el mundo responde”, “entonces hay una lógica más honda”. Esa carga de sentido transforma la experiencia. En ese sentido, el esoterismo funciona. No porque sus explicaciones sean verdaderas, sino porque organiza la vivencia y protege frente al caos. Y eso no es poco.
Con el tiempo me moví hacia un esoterismo más conceptual. Intenté incluso pensar una especie de unificación de sistemas, hasta que me pareció una imposición. Unificar es jerarquizar. Ahí ya había una crítica interna: incluso dentro de ese mundo empezaba a incomodarme la tentación de totalidad.
Luego vino el encuentro con explicaciones psicológicas más duras. La idea de que cuando percibes poco control, tiendes a abrazar narrativas que lo devuelven en forma de destino o sentido. Y claro, es fácil mirar mi historia desde ahí: enfermedad, muerte, precarización, incertidumbre. Tiene sentido.
Pero también desconfío de esa explicación demasiado elegante. Porque en su momento no era una estrategia para manejar la ansiedad. Era simplemente la realidad vivida. Entonces sí: es una lectura útil, pero no definitiva. No quiero hacerle a mi pasado lo mismo que le critico al esoterismo: reinterpretarlo todo para que encaje perfecto.
Y ahí empieza lo más incómodo: aun considerando que es falso, sigue siendo coqueteable. Entiendo demasiado bien su atractivo.
Cuando digo que es falso, no lo digo moralmente. Lo digo en un sentido funcional: no opera como un sistema de hipótesis que se ponen a prueba. Opera al revés: ocurre algo y luego se le da una interpretación que se ajusta si es necesario. Es una mentira funcional. Y “mentira” aquí no significa maldad, sino construcción útil. No necesita corresponder con una verdad fuerte para producir efectos reales.
Por eso me molesta cierta autoayuda contemporánea. El mecanismo es el mismo: cree algo, actúa desde ahí, y esa narrativa modifica tu conducta y la respuesta de otros. Algo cambia. Pero eso no valida la explicación metafísica detrás. Solo muestra que las narrativas afectan la acción.
Aquí hay una trampa: pensar que la diferencia es la consciencia. “Yo sé que es narrativa y ellos no”. Pero el esotérico diría lo mismo desde su lado. No puedo descansar demasiado en esa superioridad. También puede ser un cuento.
Mi postura actual, si la reduzco, es esta: no hay una verdad total, hay sistemas más o menos habitables. Ya no busco el mapa correcto del universo, sino una forma de leer que no cierre demasiado rápido. Porque lo que me incomoda del esoterismo no es solo que sea falso, sino que explica demasiado. Y el exceso de explicación se parece mucho a la renuncia a comprender.
Mi padre murió. Podría decir que fue designio. Pero esa explicación no me daba paz, me daba problema. La alternativa —mala suerte, enfermedad, contingencia— no es más cálida, pero me resulta más soportable. No me obliga a justificar el sufrimiento como parte de un plan.
Eso tampoco es cómodo. Vivir así implica una responsabilidad más directa. Lo poco que depende de mí, depende de mí. Y eso es agotador. No hay una teoría bonita que lo haga fácil. Solo es lo que hay, y de algún modo lo habito.
En la práctica, esto cambia cosas. Por ejemplo, en mi relación de pareja dejé de intentar corregir al otro y me moví a entender mejor lo que pasaba, a delimitar mis propios márgenes. Y eso tuvo efectos. No por magia, sino porque cambié mi conducta. Ese vínculo visible entre acción y consecuencia me importa.
Pero tampoco quiero convertir esto en una épica de autosuficiencia. También ahí hay trampa. La idea de voluntad puede volverse otro mito de superioridad. Cambiar de lenguaje no garantiza haber salido de la ilusión.
Lo que sí percibo como diferencia es esto: en un mundo esotérico siempre hay control, aunque sea oculto. Siempre hay una clave. En el sistema en el que trato de vivir, la libertad incluye reconocer cuándo no la tengo. No es más agradable, pero me parece más honesto.
Además, el esoterismo no es solo doctrina. Es acceso: a espacios, a personas, a formas de intimidad que de otro modo no tendrías. También seduce por ahí. Y también hay placer: el lenguaje, la sensación de profundidad, la idea de participar de algo más significativo que la pura contingencia.
Por eso no me interesa ridiculizarlo. Hay ternura ahí. La necesidad de volver legible el mundo, de no quedarse a la deriva. Y esa estructura no desaparece fuera del esoterismo. Se desplaza: política, ideologías, cualquier narrativa que promete sentido total.
Entonces la diferencia no es tan limpia. No hay una línea clara entre crédulos y lúcidos.
Lo que sí creo es que hay formas de sostener la realidad que dejan más margen que otras. Y que muchas veces soltar el control no elimina la carga, solo la desplaza. A otra persona, a una red, a alguien que sostiene lo que uno dice haber entregado al destino.
Entonces, si entiendo el atractivo, por qué no vuelvo. Por dos razones: la hipocresía y algo peor, el riesgo de creerme mis propias palabras. Repetir una mentira es una forma muy eficaz de convertirla en verdad vivida. Y no quiero depender de eso.
Aunque tampoco tengo garantías. No sé si esta postura me va a alcanzar siempre. No sé si en otro momento no voy a querer una narrativa más cerrada. Sería ingenuo prometer estabilidad.
Por ahora, esto es lo que tengo: un sistema que no explica todo y que justamente por eso me obliga a moverme sin cierre. A aceptar que a veces no hay razón suficiente. Que “mala suerte” puede ser una respuesta más honesta que “designio”. Que no necesito convertir el sufrimiento en sentido para poder soportarlo.
Y eso cambia algo importante: ya no se trata de si el mundo tiene un mensaje, sino de qué hago cuando no lo tiene.
Ahí es donde realmente se decide la postura.